Todos, salvo el Zar de la Rusia imperial, ya se han enterado. Amas de llaves, criadas, doncellas, cocineras, mayordomos, guardianes y cortesanas, la frase como un viento terrible por todos los pasillos, cocinas, salones, alcobas, jardines y fuentes de Petergoff:

¡la zarina no durmió en palacio!
(la zarina está ausente, dónde fue la zarina,
los suspiros se escapan de sirvientes y pajes)

El Zar siempre pregunta por ella tan pronto como despierta. ¿Qué hacer? Nunca antes había pasado, ella tan pulcra, tan calma, tan casta, tan santa…

Sus aposentos se inspeccionan con cuidado. La cama está fría, tersas la fina holanda y a los pies la colcha de armiño, como una estepa que duerme. Su primera doncella busca, discreta, en su armario,

  

Un coche llega a palacio, se abren las puertas, los caballos relinchan, cascos y ruedas retumban en los guijarros del patio de armas. Acuden los sirvientes, el zar se despierta, comienza a nevar.

La escena se ha congelado, nadie da un paso hacia la tosca carroza, todos la observan, sólo se oye la nieve al caer. El zar está mirando desde el balcón principal.

El picaporte del carro se mueve y la puerta se abre. Asoma lentamente primero un pie descalzo, luego la pierna desnuda y finalmente, envuelto en seda negra de crepé, encajes de damasco, tirantes de ciré y pecho de satén, el cuerpo de Aleksandra Fiódorovna Románova. Viene escocida de besos, corrida en rímel, oliendo a gata, manchada de pintura, pecado y vino de Burdeos. Sonriendo hacia el balcón.